No poseo nada porque todo perece, ni el amor, ni la belleza, ni el tiempo, ni siquiera mi vida. Sin embargo, no hay nada de eso que no esté a mi alcance, aunque sea de una forma perversamente fugaz. Transitamos, avanzamos hacia un abismo insalvable, nuestro propio camino. Este tránsito es personal e intransferible, esencial en cada individuo para hallar su propia identidad. Es necesariamente tormentoso e incierto, no siempre existe el premio de la certeza pero vale la pena porque si uno no se halla a sí mismo no puede encontrarse con los demás, con aquellos que nos aman con la honestidad de la inpretensión.